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Domingo, 20 de Abril de 2014

Día de Muertos: mitos, rituales y costumbres

Comunidades indígenas practican con precisión la tradición heredada

28 de Octubre de 2012 4:15 pm
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Puebla, Pue.- Una de las tradiciones más importantes en México es la festividad de Muertos, que integra elementos de la religiosidad prehispánica y católica y mezclan sentimientos contrastantes: la alegría de recibir a quienes se han adelantado en el camino y la tristeza de su partida. 


Creencias, costumbres, mitos y leyendas (sobre todo en comunidades rurales con población indígena) son importantes a la hora de preparar la mesa para los invitados y el camino que los conducirá hacia ésta; similitudes y variantes se pueden encontrar en las prácticas que se realizan en las comunidades popolocas y nahuas, y quienes hace tiempo emigraron a Estados Unidos vuelven o envían dinero para que a sus deudos no les falte nada durante su efímero retorno al mundo de los vivos.


Primera ofrenda en Santa Inés Ahuatempan 


Al sur del estado, asentado en las inmediaciones de un terreno poblado por árboles de encino, se encuentra Santa Inés Ahuatempan. Ahí viven miembros de las etnias popoloca y náhuatl que tienen por costumbre recibir con la llamada Primera ofrenda a aquellos que han cumplido un año de fallecidos.


Ésta se coloca el primero de noviembre y es únicamente para quienes murieron entre los meses de noviembre a julio, de lo contrario, si fue de agosto a octubre, tendrán que esperar el próximo año, porque 90 días no son suficientes para que “su almita” llegue al lugar donde está Dios y pueda regresar a casa a degustar de la ofrenda.


María de la Luz Hernández Camacho, estudiante del Colegio de Antropología Social (CAS) de la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP, quien realiza su investigación de tesis sobre la Primera ofrenda, en Santa Inés Ahuatempan, explicó que ésta se distingue de las comunes, por su contenido de elementos especiales. 


La ofrenda está montada sobre una estructura de diversos pisos escalonados y tiene al frente otra estructura de tres arcos con dos entradas, que son elaboradas por los tejedores de la comunidad con palma y azutul (materiales de la región). 


Este arco que es muy pesado, explicó la futura antropóloga; “según la creencia de los habitantes, simboliza los pecados del difunto y cuando regresa por vez primera, se lo tiene que llevar. Este esfuerzo que hace, le ayudará a que le sean perdonados sus pecados. Si se trata de un niño en su Primera ofrenda también se coloca un arco, pero de papel, porque como no tiene pecado alguno su carga debe ser ligera”.


Todos los elementos que se colocan son nuevos, de tal forma que cuando llega el alma de la persona a la que se le dedica la ofrenda, encuentra ropa, platos, jarros y cazuelas nuevos. Los alimentos son preparados principalmente con maíz ya sea en tortillas, elotes hervidos, atole, tlaxcale (tortillas pequeñas), calabaza en dulce o salada, frijol, pan y frutas. Si son mujeres se les ponen canastas.


En la colocación y aportación para la Primera ofrenda participa el padrino de cruz, que generalmente es el padrino de bautizo, si es que todavía vive. Él aporta una cruz que se lleva al panteón a los nueve días del fallecimiento y otra que se coloca en el ofrecimiento.


En Ahuatempan, los habitantes desde la madrugada del 2 de noviembre van al panteón donde llevan las velas, la cruz, las flores y alimentos. “Es el día en el que nadie duerme porque hay que respetar el ritual. Durante los días en los que está expuesta la Primera ofrenda, los visitantes son recibidos por los dueños de la casa quienes les invitan a comer y en la noche les dan café y pan.


Agradecidos en San Luis Temalacayucan


En Puebla como en el resto del país se puede apreciar el respeto hacia los muertos y en San Luis Temalacayuca, una comunidad perteneciente al municipio de Tepanco de López (en el sureste de la entidad), la ofrenda es además una manera de agradecer a los difuntos su ayuda para el trabajo agrícola.


Rosario Ivette Tecuapetla Enciso, tesista del CAS, quien realiza su investigación en esta comunidad, explicó que “según la creencia de este pueblo de popolocas, cuando mueres y te entierran, tu cuerpo regresa a la tierra y se convierte en un nutrimento para ella y así le agradece lo que le dio cuando estuvo vivo”. Mientras, el espíritu o alma algunas veces anda en la comunidad y es la que pide a Dios y a los Señores del monte que les den el agua necesaria para sus cultivos, además de que son los que interceden para que no llegue la plaga y afecte al maíz. Este trabajo se lo agradecen a través de la ofrenda.


“Aunque ya están muertos también trabajan y tienen hambre y el hambre, para quienes viven en Temalacayuca es una enfermedad muy mala, porque no sólo afecta en tu cuerpo sino también el alma, por eso cuando alguien fallece, le ponen una ofrenda, porque como acaba de morir necesita fuerza para el largo y peligroso viaje que va a hacer”, comentó Ivette Tecuapetla. 


Cuando muere la persona se coloca en el piso sobre una cruz de arena y junto a él sus alimentos, en especial el maíz ya sea en tortillas o elotes, porque este grano nutre y proporciona energía, además les ponen aguardiente, aguamiel o pulque y monedas para que puedan pagar lo que necesite durante su viaje y no tenga deuda. Cuando se coloca en su féretro también lleva su morralito.


Para los habitantes de esta comunidad la temporada de Todos Santos es una fiesta a la que llega el alma de sus difuntos para degustar de la esencia y sabor de los alimentos, después de atravesar un camino difícil por los cerros que rodean al pueblo. En el cuarto donde se les recibe, además de flores y ceras, se colocan bancas para que puedan descansar.


A las 12:00 en Tlacotepec 


En la comunidad náhuatl de Tlacotepec de Porfirio Díaz, perteneciente al municipio de San Sebastián de Tlacotepec, Ana Isabel Castillo Espinosa estudiante de la licenciatura en Antropología Social en la BUAP, desde hace varios meses analiza la cosmovisión que sus habitantes tienen torno a la muerte. 


Para ellos, dice, es una fiesta muy importante pues hay que recibir a los invitados conforme van llegando: El 30 de octubre los niños, el 31 los adultos y el primero de noviembre, que es el día más importante, llegan los ancestros grandes, los abuelitos. 


Ese día, comentó, vienen alrededor de las 12:00, hora en la que empiezan a tronar cuetes como señal de que ya están aquí. La persona de más edad de la casa es la responsable de darles el saludo. “Reunido con los demás miembros de la familia, les da la bienvenida y diciéndoles que aunque pobremente han cumplido, les ofrece los alimentos que hay en la ofrenda, como pan, mole de gallina, fruta de la región, agua, aguardiente, entre otros alimentos y donde no faltan las flores y las ceras”.


También tienen la costumbre de colocar altares en forma de arco, que son construidos con hojas de tepejilote, una planta verde de tallo muy duro que crece de forma silvestre en los montes. Los hombres, explica Ana Isabel Castillo, son los encargados de elaborarlos, ahí se coloca la fruta de donde la toman las ánimas, como si la cortaran de un árbol.


Los niños elaboran globos en papel de china, muy coloridos, los que sueltan con mecheros encendidos con petróleo, para que vuelen y de esta forma guíen a los fieles difuntos en su regreso a la comunidad y su casa, donde los esperan con la ofrenda.


La tradición se transmite


Las leyendas se mezclan con las costumbres y creencias; una de las que cuentan los abuelitos en Tlacotepec de Porfirio Díaz, dice que un hombre no creía que llegaran las ánimas, no puso ofrenda y se fue a cortar leña al bosque, pero cuando dio el primer hachazo, el árbol lo abrazó y no lo soltó durante dos días. 


Ahí permaneció hasta que las almas, después de degustar de su ofrenda partieron. Cuando pasaron por donde él estaba, “se le dio permiso de verlas y escucharlas” y así puso saber lo contentos que estaban con lo que les habían ofrecido y vio a sus familiares caminar tristes; así creyó que, efectivamente, regresan. 


Leyenda muy similar en San Luis Temalacayuca, donde a los pequeños se les cuenta que un hombre incrédulo no puso ofrenda y fue al bosque a juntar leña, mientras su esposa preocupada por cómo recibirían a sus difuntos, decidió poner una ofrenda con quelites y unos elotes, así como la piedra donde molían el maíz.


El hombre fue atrapado por el árbol y Dios le dio licencia para que viera partir a las almas; entre ellos vio a su mamá que llevaba cargando quelites y mazorcas y a su papá que iba rodando la piedra.


Para las comunidades, sobre todo indígenas, respetar los rituales no es sólo el recibir nuevamente a quienes ya se fueron, sino también una forma de ayudarles a llegar al lugar donde esta Dios, a través de rezos, por ejemplo.


En la festividad de los Muertos participa toda la familia y la preparación dura varios meses, pues consideran una alegría el recibir a los fieles difuntos y una necesidad transmitir esta tradición de generación en generación.


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